Si sales del cine con sensaciones diferentes a las que has entrado o fumándote un cigarrillo mientras miras las cornisas de los edificios, es que la película te ha susurrado algo al oído. Puede ser una simple secuencia o un todo. Puede ser un mensaje o una mera intención. Puede ser, a su vez, que al tema, aunque discursado ampliamente en el imaginario fílmico, se le atribuya una particularidad muy personal, una nueva narrativa o ignorados enfoques. Lo que está claro es que la película habrá hecho su función. Y La furia, de Gemma Blasco, lo hace.
La furia es un filme audaz y decidido que trata el tema del trauma tras una violación. Desde la rabia contenida hasta la ira más visceral se hilan entre situaciones y personajes. Si la protagonista agredida decide hacer del silencio en su entorno personal y del grito en su trabajo una forma de encauzar el terror, su hermano por el contrario decide no comprender y ni acompañar sino dárselas de vengador tóxico, aun siendo una figura comprensible.
Sí es cierto que ciertas metáforas y cambios de escenario parece que no terminan de funcionar. Sin embargo, una protagonista que se echa el conjunto a la espalda con enorme talento, el no enseñar la agresión con imágenes sino con resonancias y la manera en que descubrimos al culpable de todo, entre otras cosas, se convierten en eso que hace que salgas con sensaciones diferentes y fumándote un cigarrillo mientras miras las cornisas de los edificios.
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